El ventanal

No he querido entrar en esa casa, a pesar de que han pasado ya dos meses desde que la frecuento. Siempre que él me invita a conversar, a tomar un café o a escuchar discos busco algún pretexto para irme. El lugar es precioso, una casa rústica, hecha de adobe, dos pisos, una entrada empedrada, un gran jardín trasero repleto de árboles, hay pinos, fresnos, colorines y allá, al fondo, en la esquina izquierda, un sauce llorón. He de decir que al jardín también lo habita cierto aire melancólico, se respira un poco de soledad, algo de misterio. En el día el paisaje que ofrece es más bien afable, uno disfruta respirar el aire fresco, ver las plantas, oír el rumor del viento; pero, por la noche, la luna y los muy tenues ecos de la luz artificial que llegan a filtrarse por entre las ramas forman sombras de hombres parapetados detrás de los troncos, animales ocultos tras de los arbustos y mujeres delgadas paseantes por entre los árboles. Sin embargo, mi mayor temor se da cuando volteo a ver la casa, apenas iluminada por unas cuantas farolas que la rodean. Desde el jardín, en el muro trasero, se observan dos pequeñas ventanas y una puerta de madera, pero en la parte de arriba hay dos ventanales que deben tener de largo más de cuatro metros. Las cortinas que los cubren son delgadas, de una gasa semitrasparente de color crema y es al llegar ahí, que mis ojos prefieren voltear hacia otro lado, evadiendo la silueta que se adivina a través. Posar mi vista en el ventanal es jugar con el hecho de que podría entrar aunque fuera un poco en esa casa y la verdad es que no quiero, no tengo la más mínima intensión de asomarme, de ver qué hay dentro. El miedo que siento se alimenta de ese no saber con qué o con quién pueda encontrarme, pero mi intuición y aquella figura detrás de la cortina me invitan a mantenerme lejos. No quiero descubrir que ella sigue ahí a pesar de que ha pasado más de un año, que sus revistas, algún pasador o un llavero olvidado aún permanecen. No puedo lidiar con la idea de que ella sigue habitando la casa y que se esconde por las noches detrás del sauce llorón. Él parece haber superado la separación, no se le nota enojado ni triste, platica de lo más normal, hace alguna broma y me besa tranquila y profundamente, sin embargo, es quizá esa actitud en apariencia despreocupada la que me hace dudar si dentro ya no hay nada que tenga que ver con ella. Y no quiero descubrirlo, ya bastante me atormenta el verla ondular por el jardín y asomarse como siempre a la ventana que él no me ha dicho pero sé que era la de su alcoba matrimonial antes de que se divorciaran.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El retrato de Zoe y otras mentiras, de Salvador Elizondo

Animales hasta en la sopa

Decisión