El retrato de Zoe y otras mentiras, de Salvador Elizondo

Leer a Salvador Elizondo es encontrar una serie de formas y técnicas narrativas originales en historias que nos llevan a reflexionar sobre la esencia oculta de los actos dentro de la realidad que el escritor suele retratar como contradictoria. Es, también, hallar imágenes que se proyectan inmutables.

Cada cuento de El retrato de Zoe y otras mentiras despierta evocaciones (esto debido, quizá a la influencia de los surrealistas en el autor). Los pequeños instantes se hacen cíclicos y por ende, infinitos.

Este libro es un abundante recuento de personas, lugares y momentos. Al leer El retrato de Zoe y gracias a la habilidad narrativa de Elizondo, uno puede asomarse a esas almas ficticias que se antojan tan verosímiles porque nos recuerdan un lugar conocido: nuestra propia alma.

Cabe mencionar que a Elizondo le fascina jugar con el tiempo, es hábil en el manejo de la memoria, maestro de las reminiscencias del pasado que a veces son dulces y en ocasiones crueles. Muestra predilección por lo erótico, lo velado, lo cruel y lo violento. En El retrato de Zoe y otras mentiras, podemos encontrar estas fascinaciones que el autor ya había dejado plasmadas en sus obras anteriores, utilizando como hilo conductor de sus relatos la añoranza y también el constante tratar de olvidar de una forma peculiar: anhelando. Al respecto escribe en el relato que dio nombre a este libro: “lo único que aprendí acerca de Zoe fue su ausencia. La fui aprendiendo poco a poco; a lo largo de los días primero. Luego las semanas se fueron volviendo lentas como el deslizamiento de los caracoles; una lentitud que fue, imperceptiblemente, comenzando a discurrir dentro de una vertiginosa velocidad de meses. Los años eran siempre, por aquel entonces, una sucesión lunar en la que su recuerdo se avivaba como la pulsátil hemorragia de las heridas que siempre parecen estar a punto de cicatrizar…”

Las metáforas de Elizondo hacen viajar vertiginosamente al lector por el mundo del autor, logran que uno se identifique con el sentimiento descrito, con el instante evocado.

“Muchas veces pensé que Zoe se complacía en aparecer siempre como el personaje de una figuración pictórica que ella había inventado para sí, como si cada una de sus actitudes, los gestos más nimios, la disposición y el arreglo cuidadosamente establecido de su cabellera a lo largo del cuello formaran parte de un acervo cuidadosamente reunido de fascinantes errores y de espléndidas falacias, igual que su perfume y que sus joyas, igual, exactamente, que la marca de cigarrillos que fumaba y los títulos y el género de los libros que leía.”

Podría decirse que la narrativa de Elizondo está cargada de una serie de sentimientos masoquistas. A sus personajes les gusta aferrarse al recuerdo para llenarse de olvido, atesoran momentos cargados de simbolismo, a los que recuerdan doctrinalmente para poder así sacarlos de la memoria; tal es el caso de Irene, la protagonista del cuento Los testigos que después de rememorar un instante junto a su amante (vistiéndose igual que aquella vez en que estuvieron juntos, repitiendo las mismas palabras que ella y él dijeron), se deshace de sus perros afganos, para que ya no haya testigos de aquel hecho, para exorcizar lo ocurrido y también lo que no pasó.

En cuanto a la forma, Salvador Elizondo es trasgresor, se atreve a romper las reglas de la lengua escrita, usa lo que para muchos serían cacofonías, busca otras formas de narrar, juega con los tiempos y logra construir mundos con reglas distintas a las del nuestro: “Sería como realizar el acto amoroso al revés. En ese universo las pasiones serían una urgencia de quietud, una aspiración irrefrenable de dolor, una abominación del placer. El artista sería aquel que pacientemente fuera construyendo lo increado, descreando lentamente la obra de arte. Todo nacer sería una disminución del universo y la muerte el comienzo de un viaje, el Universo la Nada y el efecto siempre anterior a la causa.”

El retrato de Zoe y otras mentiras incluye algunos cuentos sarcásticos y crueles como es el caso de De cómo dinamité el colegio de señoritas en donde el autor, tal vez basándose en un episodio autobiográfico describe la forma en que acaba con el molesto ruido producido por los ensayos de la orquesta de armónicas del colegio cercano a su casa. Una de las frases que podría explicar el tono de estos relatos podría ser la siguiente, dicha por Salvador Elizondo en alguna ocasión: “Lo contrario a la crueldad sería la claridad. La claridad es quizá la característica más difícil de conseguir”.

Comentarios

Creo que en mis anales de memoria jamás ha estado un libro de Elizondo que haya leido. Por lo que escribes, debe ser una lectura demasiado profunda en el sentido propio de los personajes; mencionas la palabra masoquismo, pero todos en un sentido no propio de la palabra somos masoquistas: a quién no le gusta recordar algo que nos fue agradable y a la postre es doloroso...
Espero poder leer algo de Elizondo, ahora que termine lo que estoy leyendo.
Por cierto gracias por preocuparte de lo de mi abuela, gracias.
Saludos.
Zoe:

Esta mañana, antes de llegar a la oficina, decidí comprar algunos regalos: el disco de Renee Olstead, la película Un chien andalou (Bueñuel y Dalí), El maestro de Go (Yasunari Kawabata) y El retrato del artista adolescente (Joyce), este último para un jovencito que se inicia en los asuntos de la vida y al que intento salvar de la fealdad que ha invadido esta ciudad.

Te cuento esto porque, mientras hacía mis compras, me encontré con la nueva edición de Farabeuf, en la colección Tezontle del Fondo de Cultura Económica. Y, Zoe... ¡creo que está a buen precio! 179 pesos. Decidí consentirme, apapacharme... ¡y me lo compré!

Oajlá te esté dando una buena idea.
imagina dijo…
hay que cosas dices zoé (p.d. en serio te llamas zoé?)... nos avientas más pallá que paacá del masoquismo con nuestra melancólica escritura. ya veo de dónde te nacen tantos trazos, el nombre que escogiste dice mucho. nunca he leido a elizondo, pero tal vez algún día, cuando lo haga te contaré. pero está super rica tu descripción de sus cuentos, tan rica que se antoja seguir leyendo más a zoé y menos a elizondo. mi blog ya está de regreso, tuve unos problemas inter-técnicos y la escondí, pero ahí sigue. te mando saludos y mucho cariño.
Yo tampoco he leído nunca a Elizondo. Pero ahora que leo tu ensayo, me parece que es un autor que bien vale la pena revisar. Gracias por la sugerencia.
Alejandro dijo…
esas armónicas deberían estar en _el silenciero_ de di benedetto. sí, elizondo es una maravilla. abrazo
Fanel dijo…
Sólo hay algo más tenaz que la memoria, nos dice Elizondo: El olvido. Entonces somos memoria-olvido, porque para olvidar hay primero que tener algún recuerdo, y acaso no es necesario recordar para llegar al olvido? Logramos llegar realmente a él?

De cualquier lado de la ventana, siempre nos encontramos anhelando.

Nada mejor que Elizondo, para aquellos que no lo han leído, se les recomienda.

Para Zoe, fue ( o fuiste?) una sorpresa grata vagar de noche y toparse con sitios como éste, con estas letras y tu nombre el mismo día en que decidí releer tus mentiras.

Estas justamente sobra la mesa, al lado de la lámpara.

Gracias por el espacio :)
Anónimo dijo…
gran libro de un magnífico autor. una obra con un amplio panorama de técnicas narrativas, personajes liminales en un tiempo trastocado y espacios casi oníricos y amorfos. pensar la ausencia como la auténtica forma de estar y como el resultado del trabajo de la memoria-olvido. es una lástima que se trate de uno de los autores mexicanos menos leídos.