Entradas

Mostrando las entradas de noviembre, 2012
Y en este minuto de la noche conjuro a los hastiados, a los tristes, a los abandonados, a los que están solos, enloquecidos, con palabras en la boca abotagada, sin piel entre las manos, con la vista en la distancia. Aquí unánse, los que por elección han decidido pertenecer a la congregación del minuto.
Y aquí conjuro a los plenos, a los cansados, a los rotos, a los sin alma, a esos que no entienden y se preguntan y después arrojan. Y aquí quédense los rebosantes, los llenos de ganas pero sin ganas, los repletos del todo que les harta.
Y uno vive como si fuera a hacerlo siempre.
Y uno se cree de repente que esto que vive es importante.
Y uno, animal racional, crea lazos.
¿Para qué si va a irse?
No me gusta el canje
de tu presencia por un olor a flores
de tu luz por la luz de una vela.
No me gusta el trueque,
no me basta.
Una vez ocurrido lo peor es mezquino quejarse de otra cosa.
Hoy encontré unas notas de mi papá, en ellas, la siguiente frase:

"Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando".

Gracias, pa, me hacía falta.

Chignahuapan hace rato

Juntos siempre.
Estábamos.
Viajes.
Todos. Juntos.
Hoy en el paisaje,
el el aire, en las nubes amarillas,
en la noche.
Juntos siempre.
Estamos.

Hombros cobrizos*/Tzuyuki Romero

Imagen

Juego*/Tzuyuki Romero

Un viernes para morirse encontré a Martincito en el chat. Me encantó que fuera argentino y estuviera a punto de mudarse a México por la joda en su país. Veintiún años, sólo cinco menos que yo. En ese momento creí que sería apetitoso. Le pregunté por su aspecto con la idea de que los argentinos son muy atractivos. Respondió: moreno, ojos cafés, cabello negro, 1.71, delgado. Nada del otro mundo, pero si era caliente, qué importaba. “Soy un comelón. Te lamería todita”, escribió una vez y yo entonces me toqué la entrepierna pensando en su lengua complaciente, en la verguita palpitante. Si por el chatme ponía tan cachonda, ¿cómo sería teniéndolo junto a mí?
Juan apareció en la casa a las nueve. Le preparé cualquier cosa y vimos un rato la televisión. Me dio un beso y subió a acostarse. Yo tuve que meterme dos dedos en el baño pensando en Martín. Alguna ocasión, en uno de sus mails calentones, Martín escribió: “Hoy pensé en ti y el cabezón se puso tre-men-do”. Mi imaginación volaba. ¿De verdad…