Ciclo cerrado

No cabe duda que uno no se baña dos veces en el mismo río.
Fui a recoger mis pasos a un sitio al que no había vuelto y a pesar de ir con otra idea, me dio la impresión de que afortunadamente, cerré el ciclo hace ya tiempo. Bien, lo corroboré. Pensé que pararme ahí me iba a poner mal, a provocarme una profunda tristeza, sin embargo, lo único que me provocó el lugar es lo que por sí mismo podría provocar, una enorme fascinación. Es un sitio de una belleza natural sin igual, las olas rompen ahí con la energía de todas las olas del planeta, es un paraíso semi vacío, a muchas horas de distancia desde casa. Recordé, eso sí, la anterior travesía para llegar. Primero Oaxaca y de ahí unas siete horas hasta Huatulco, posteriormente Pochutla y después, nuestro destino. En esta ocasión pasé por Oaxaca para seguir directo hacia la costa, sin rodear. Hasta Huatulco fueron doce horas de viaje, después de lluvia sobre carretera y una neblina densísima. Al otro día, el Paraíso. El lugar no ha cambiado mucho, una tienda de productos naturistas se abrió en la calle principal. Creo que en vez de un café internet ya hay dos y la calle que lleva a Playa Rinconcito en su última parte ya es peatonal, de ahí en fuera todo se mantiene, incluso la falta de señal de celular.
El restaurant Estrella Fugaz donde hay internet y venden café y comida bastante buenos sigue teniendo la misma decoración y lo atiende el mismo chico. No me senté en la mesa que se encontraba ubicada en el preciso lugar de antes, sin embargo, hice una foto casi igual a la de aquella vez, el mobiliario no ha cambiado y podría jurar que el florero y la flor que estaban ahí habían estado hace años. Volví a comer el mismo platillo de esa vez, todo muy bien. Enfrente del restaurant está el  hotel caro que había antes, a un lado, siguen estando las cabañas baratas con vista al mar, baño y camas con mosquitero donde dormí la ocasión pasada. Esta vez me hospedé un poco más hacia la izquierda, en un lugar que se llama El agujón, que es como se le nombra a la red de los pescadores, el restaurant que tiene es de mediana calidad, el spaguetti que me comí sacó un ocho de calificación. En la parte de arriba tiene un espacio para poner casas de campaña y también, cuartos con baño y camas con  mosquiteros. Esa tarde no sentí miedo del mar y sus grandes olas, recordé que la vez anterior había querido meterme y ellas me empujaron a sentarme en la orilla y quedarme viéndolas con respeto, para después perder mi vista en el horizonte. Ahora fue distinto, las olas, a pesar de ser grandes, me permitieron entrar, logré hacerlo hasta más allá de donde rompían y me dediqué entonces a torearlas, a brincar con ellas. Me trataron bien, fueron amables conmigo, quizá adivinaban que yo estaba ahí en una especie de tregua y que por tanto, no iba a la defensiva. Ligera, me pasé mucho rato meciéndome a su ritmo. Al salir, estuve la mayor parte de la tarde contemplando la lejanía, sentada en un lugar con hamacas, sentí la brisa mientras veía a los perros entrar y salir de la especie de estanque que había enfrente. El cielo estaba despejado y aquella noche, a diferencia de la otra, no hubo tormenta que me provocara temor y una sensación de desamparo. Al contrario, la noche estuvo fresca, afable, me permitió un poco de introspección que jamás se convirtió en tristeza, más bien en sosiego. Quizá lo que llegó a ponerme nerviosa fue el sonido nocturno de algo que no supe si eran ranas o lagartijas lloronas, pero el amanecer vaporoso me volvió a meter en un estado relajado, de contemplación. Disfruté los tonos naranja del amanecer y la arena fría que caminé descalza dejando mis huellas, huellas nuevas que ya no tendré el acucioso afán de venir a recoger. También inundé mis ojos con el paisaje que en otra ocasión disfrutaré ya sin una misión pendiente. El lugar será el mismo, pero otra vez, distinto.

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