Para salvarse de la orfandad

Hoy, después de algunos años de no alimentar esta columna, tengo la oportunidad de retomarla y lo agradezco. He de decir que este tiempo de inactividad ha sido en gran parte, debido a la pérdida de mi padre. Uno, sensible hasta la exageración, reacciona de distintas maneras ante la muerte. Ahora recupero poco a poco las ganas de contar, de escribir, de hablar.
La razón quizá sea que he aprendido que estamos hechos para quedarnos huérfanos varias veces en la vida. Hoy escribo esto a raíz de que por segunda vez me sentí huérfana un momento y contrario a mi reacción ante mi primera orfandad, ha surgido este texto. Hoy ha fallecido mi otro padre, mi abuelo Fidel.
Hombre de campo, nacido en Santa Apolonia Teacalco, de donde es la gente que lucha. Creció con su madre sordo-muda, desde chico aprendió lo que es la responsabilidad, aquella que no tuvo su padre pues no lo reconoció.
Profesor por muchos años, varias generaciones de niños y niñas estudiaron con él, la gente lo quiso y tuvo ahijados en varios sitios donde trabajó.
Ex diputado, de cuando esos puestos eran honorarios, gran orador. Recuerdo los cumpleaños, las navidades, los fines de año con él. Le gustaba que todos dijéramos unas palabras para la ocasión, actividad que después tomó mi padre que fue para mi abuelo amigo y compañero en el dominó. Por eso los discursos son ahora una costumbre familiar. Nos enseñó a pensar, a acomodar las ideas, a expresar. A mí se me dio más en la escritura porque aún soy tímida para hablar y se me lengua la traba para hablar.
El entusiasmo por vivir es otra enseñanza que dejó mi abuelo. Todos los días andaba entacuchado, gustaba de lustrar sus zapatos y decía que hay que vestirse para la vida como para ir a una fiesta. Admiro su actitud pues cada mañana se levantaba y agradecía a Dios. Incluso recientemente, ya con noventa y siete años encima, enfermo, mi abuelo agradecía por su existencia y cuando se le preguntaba cómo estaba siempre respondía que bien. Siempre hay que ser fuerte y qué mejor para enfrentar cualquier situación que comer antes. Ya sea para arreglar un conflicto, antes de hacer un examen o si se va a tomar unos tragos. Cuántos hay que con menos edad muestran menor entusiasmo por la vida, pero él, dicharachero como era, decía que hay que tener fortaleza y que todo tiene remedio, menos la muerte.
Todo el amor de mi abuelo quedó decantado en sus dichos, en sus consejos, en su canto: “China, dulce amor del alma mía, ese, tu rebozo verde mar…”, le gustaba dedicarme esa melodía, aunque lo reprobaron en música durante sus años de escuela me cantaba siempre, aunque creo que ese cariño que me tenía no fue del todo mérito mío, me cantaba porque decía que me parecía a su china, a su morenita, a mi abuelita Herminia, su gran amor, con quien estuvo casado más de cincuenta años. Y también le gustaba bailar, aunque según él no sabía, pero algunos viernes se aposentaba en el zócalo de Tlaxcala, listo para el danzón o aunque fuera para mirar.
De él proviene también nuestro gusto por los animales, por él mi mamá tiene varias mascotas y de hecho, ya en casa de mi abuelo lo deben estar extrañando su canario, su perro Capitán y Janis, su gata.
Irremediablemente he vuelto a sentir lo que es quedarse huérfana de padre, sin embargo, esta sensación es diferente, me salvo de la orfandad al analizar parte del legado de mi abuelo que se queda en los valores que nos inculcó y que son el cimiento de mi familia: la responsabilidad, el respeto, la honestidad, la fortaleza, el entusiasmo, el amor. Gracias y buen viaje, Fidelón.

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