Los viajes educan (publicado 29-11-11 en el cuarto de guerra)

Dicen que los viajes educan. Dejan enseñanzas. Yo aprendí que hay mares que se llevan los
juguetes de playa o la tapa de una cámara, y que en vez de regresarlos, se los tragan, los
hunden.
Viajeros: Mis padres, mi sobrina y yo.
Destino: un lugar de la costa oaxaqueña.
Partimos casi a la una de la madrugada. Nos esperaban aproximadamente once horas de
recorrido. Nos las echaríamos de un jalón. Éramos dos conductores.
Estamos acostumbrados a viajar. Mi papá ha conducido hasta la península de Yucatán
partiendo de Tlaxcala, bajando hacia Puerto Ángel, yendo hacia Huatulco, pasando por Salina
Cruz y subiendo por el istmo así que era pan comido.
Las primeras seis horas conduje yo. Al amanecer pedí tiempo fuera y mi papá entró y salió de
la capital de Oaxaca.
Me dormí un buen rato.
Cuando desperté estábamos en la sierra. Perfecto. Habíamos empezado a subir. Sin embargo,
conforme pasaba el tiempo, me extrañó no reconocer ningún paraje. Nos detuvimos a tomar
café y seguí extrañada. Más adelante descubrí que no habíamos tomado el camino hacia
Pochutla. Mi papá había decidido por tomar hacia Puerto Escondido. Casi no había coches
que siguieran nuestro camino, la mayoría eran autobuses rentados. Era el camino hacia
Juquila. No hablaré de cómo fui perdiendo la paciencia mientras el camino se alargaba. Mi
papá se dio cuenta y me ayudó otro rato. Doce horas y media después entramos al mar. La
playa era de oleaje suave. Mi sobrina estuvo encantada.
Después de comer, ya con las pilas repuestas, me enfilé a donde tenía que llevar a mis padres
porque es un sitio que a mí me encanta y que debían conocer. Unos cuarenta y cinco minutos
de recorrido, me dijo la mesera. Pero pasando ese tiempo empecé a pestañear. Mi padre venía
atrás, durmiendo. Un par de pestañeos más y doblé a la derecha para llegar a nuestro destino.
Ya en el pueblo buscamos hotel. El más confortable estaba lleno pues había un festival de jazz
y los músicos estaban alojados ahí. Fuimos a donde yo me he quedado con mis amigos y mi
papá desaprobó el lugar cuando vio que en uno de los cuartos en vez de cama había un
petate. Decidimos quedarnos frente al hotel sangrón que ya estaba lleno. Eran cabañas pero
tenían camas. Buscando una relajante ducha mamá abrió la regadera. Agua fría. Horror. Ahí
me di cuenta que ahora los que viajamos somos todos adultos y que yo había llevado a mis
padres a un lugar al que pensé que no les costaría adaptarse. Nuevo aprendizaje: no somos
los mismos de antes cuando solíamos emprender viajes instados por el espíritu aventurero de
mi padre en sus tempranos treinta. Hoy mi madre está convaleciente de una operación en las
rodillas y mi papá lucha contra el cáncer.
Las olas de aquél lugar nos permitieron entrar el primer día. Al segundo eran más fuertes y mis
papás ya no quisieron arriesgarse. Mi papá propuso que mejor nos fuéramos a Acapulco, lugar
con todas las comodidades y desde donde sólo tendríamos que conducir siete horas de
regreso a Tlaxcala. Les dije de mi intención de pernoctar en Oaxaca y de ahí partir a casa. Mi
padre aceptó no muy convencido. Ese segundo día mientras jugaba con mi sobrina a la orilla
de la playa, una ola me quitó su cubeta y sus juguetes para la arena. Ahí estaba la tapa de mi
cámara que se fue nadando con ellos. A los juguetes los recuperé, a ella no. Esperé que se
mantuviera a flote y saliera quizá metros más adelante como la pala de Cocó. Ese mar estaba
imponente. Se la tragó. Seguro que la enterró en la arena porque no salió en todo el tiempo en
que estuvimos ahí.
Hay mares que hacen eso. Igual que el tiempo, que toma los años de juventud y los entierra
para que ya no salgan de nuevo.
En este viaje me di cuenta que eso nos ha pasado. De golpe vi que mis padres han envejecido.
Están grandes y enfermos, dijo mi hermana cuando le platiqué a mi regreso. Y ¿qué he de
decir de mí? Que pestañeo al conducir y que las rodillas me truenan cuando trato de
agacharme para recuperar lo que me robó el mar.
Aprendizaje final: hay cosas que no regresan.

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