Eran las 9:30. Sonó el teléfono. María. Vendría por mí. Necesitaba hablar. No sé exactamente si conmigo. Llegó quince minutos después. Tocó el claxon, tomé una chamarra y salí de la casa. Ella me esperaba afuera. Me dijo que no llevaba dinero, que sólo daríamos una vuelta y nos fumaríamos un cigarro. Iba tensa. Se estresa con facilidad. Sus ojos orgullosos no querían mirarme. Hacía casi un mes que no me buscaba. Compramos cervezas y nos fuimos por ahí. Al poco rato se nos soltó la lengua. Nos estacionamos no sé dónde. Comenzó a hablar con esa voz de dolor que ya conozco. No decía nada concreto. Así sucede cuando queremos sacar algo, contarlo, pero no totalmente. Tenemos que suponer, acaso, adivinar. Volteó hacia mí de repente, y me pidió que la abrazara. Fue un “cógeme” sin palabras. Lo supuse. “Quítame está soledad que traigo encima, esta tristeza”. Quitar soledades, como aquella vez que me quitó la mía y no volvimos a decir nada. La abr...
amanecí con los puños bien cerrados y la rabia insolente de mi juventud El cuatro de octubre vi a los Héroes del Silencio. Soberbia experiencia. Recordé a los amigos que se han extraviado en la distancia con La Herida y no sé si lloré con Avalancha o En brazos de la fiebre . Iba con mi hermana y fue lo mejor compartir ese momento con ella. Me agrada estar con la gente que quiero y que me quiere. Me di cuenta que mi vida podría sustentarse en momentos como ese. Fui feliz como espero serlo hoy, al lado de mi gente.
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