Tríada

Te invoco cada madrugada mientras ocultas tu desdén debajo de una sábana. Siglos de silencio nos separan. A pesar de que duermes con la boca un poco abierta, no escapan palabras de ti. Soy el que clama, el que ruega.
Antes eras avalancha de fuego, cauce de jadeos, aves matutinas; hoy eres un bosque en donde no se oyen mis pasos. Nuestros amaneceres se repiten, señora, pero son mudos. Y nosotros, amantes cubiertos de hielo. Un amasijo de plabras no dichas se han acomodado en mi espalda. Tú eres la mujer que duerme, la que calla, la que no espera nada. Ni a mí, ni a mis palabras.
Recuerdo el día en que tu perfil, imposiblemente, pues estamos fijos en esta geografía, me pareció más lejano. Me tendiste los brazos, tenías otro nombre. La tentación se clavó en mi cuerpo. Me envolviste. Siguiéndote, mujer nueva, me perdí entre los pliegues de tu vestido celeste. Me llamabas, te movías serpentina, caí en tus picos y hondonadas. Eras otra, la que espera paciente, la que no teme hablar, la que seduce. Y me entregué a ti a perpetuidad, sin importar quién fueras. Quedé asido a tu mutismo, mujer blanca, a los encinos azules de tu falda.


Texto que apareció en el catálogo de la exposición "Volcanes. Explosiones de poblanidad". Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, 2010.

Comentarios