Fantasmas

El mundo está poblado de fantasmas. Necio aquél que lo niegue.
El primer fantasma de mi vida fue aquel que pertenecía al del tío Isidro. Fue un fantasma pasajero, se fue como llegó. Lo recuerdo en mis primeros años infantiles. Era el fantasma del tío que se fue a morir a casa de mis abuelos, donde yo vivía. Recuerdo el miedo que me producía atravesar el largo patio medio iluminado. La sensación d...e que alguien me seguía muy de cerca. El temor de no querer voltear y evitar correr pues la angustia de saberme perseguida se hacía mayor si yo aumentaba la velocidad. Prefería entonces intentar calmarme, caminar despacio, tratando de ocultar mi miedo y únicamente acelerar el paso al estar cerca de los cuartos en donde mis papás, mi hermana y yo vivíamos. Después de eso no hubo más fantasmas por un tiempo, únicamente muertos.
Un fantasma importante es el de mi abuelita. Después de darnos tanto amor y de que me consintiera como las buenas abuelas lo hacen, cuando se murió, me dejó dormir la noche más fría y se convirtió en mi espíritu tierno y generoso. Conservo su sonrisa y están aquí grabados sus rizos oscuros; no es que coleccione reliquias, para verla sólo hace falta mirar un espejo.
Sin embargo, el fantasma más grande, el más protector, el que al parecer no me dejará así tenga cuarenta, cincuenta, ochenta años, es el de un hombre alto y moreno que me sigue. Lo veo casi a diario. Aún su forma de caminar está en las calles de mi mente. Lo veo cuando en el trabajo hay alguna reunión. Aparece algunas veces con cabello y bigote, otras veces sin. Me acompañó en carretera a Puerto México. Está en las playas de Acapulco, caminando por Oaxaca. Lo he visto formado en la fila de los análisis clínicos en el ISSSTE que tanto odio. He seguido sus pasos por las escuelas que pisamos juntos. Está en sus libros de física y química, en una guitarra, en un cuadro con hilos y clavos. Está en toda la casa, en un sol y tres lunas en la puerta de entrada, en los focos que no hemos podido cambiar, en un pocillo de té que nadie puso a calentar en la estufa, está en el estudio, leyendo, escribiendo, investigando. Está en unas canciones divertidas, ese rey tiburón, pobre venadito lúdico y de gran sonrisa. Está en aquella noche que conduciendo sola mi pensamiento fue hacia él y en la radio pusieron Greenleves, la canción que tocaba con su guitarra. ¿Será que las vibraciones del pensamiento van y vienen, se sienten aún después de la muerte? ¿Él también estaba pensando en mí?
Este fantasma no es cualquier muerto. Ni siquiera admito que se murió de cáncer. Se murió contra el cáncer. Y es más, no se murió, mi papá sólo dio un gran salto a otra parte, de la que a veces, muchas, viene a visitarme.

Tfr

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