Edificante

De pronto la mente se hace pequeña, pone sus límites, puede tomarse entre las mano, incluso cortarla en rebanadas. De pronto los caminos se acortan, llega a un punto donde no hay más. Y los ojos se estrellan contra las mismas paredes y las preguntas rebotan en el cerebro. Entonces está el mar que puede venir en distintas tonalidades: azul oscuro, verde esmeralda, turquesa. Y el tiempo se mide no en horas ni en minutos sino en tumbos. Y nuestro ritmo se acopla. El encuentro de la mente con el mar produce expansión, la mirada se amplía tratando de abarcar lo intangible, recorrer las transparencias del agua, ascender, bajar, adentrarse, venir. Terreno de crestas, valles y espuma. Ahí está el mar, a todo lo ancho de la mente, temible y acogedor, misterioso pero amable.
Si uno está mal, ahí está el mar. Si tiene preguntas, también.


-ATFR-

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