Eran las 9:30. Sonó el teléfono. María. Vendría por mí. Necesitaba hablar. No sé exactamente si conmigo. Llegó quince minutos después. Tocó el claxon, tomé una chamarra y salí de la casa. Ella me esperaba afuera. Me dijo que no llevaba dinero, que sólo daríamos una vuelta y nos fumaríamos un cigarro. Iba tensa. Se estresa con facilidad. Sus ojos orgullosos no querían mirarme. Hacía casi un mes que no me buscaba. Compramos cervezas y nos fuimos por ahí. Al poco rato se nos soltó la lengua. Nos estacionamos no sé dónde. Comenzó a hablar con esa voz de dolor que ya conozco. No decía nada concreto. Así sucede cuando queremos sacar algo, contarlo, pero no totalmente. Tenemos que suponer, acaso, adivinar. Volteó hacia mí de repente, y me pidió que la abrazara. Fue un “cógeme” sin palabras. Lo supuse. “Quítame está soledad que traigo encima, esta tristeza”. Quitar soledades, como aquella vez que me quitó la mía y no volvimos a decir nada. La abr...
Espero sobre este lugar donde reposan mis pecados en anhelante ansia tu cuerpo de viento que venga sereno y luego ----en loco estallido revuelva las mantas donde se esconden los vaivenes de tu piel de café selecto y gusto de vino. Me estremezco aquí donde flotan ligeras tus formas donde tus elevaciones se funden con las mías donde tu abismo ardiente se come a mi abismo Espero en el lugar donde reposan mis secretos tu piel de musa suavizada con la vía láctea que has recomendado que también use en mi piel. Te espero divina guardiana del abismo frutal donde pierdo la cabeza donde escondo la lengua de fuego que me consume mientras aguardo en este lecho.
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