Eran las 9:30. Sonó el teléfono. María. Vendría por mí. Necesitaba hablar. No sé exactamente si conmigo. Llegó quince minutos después. Tocó el claxon, tomé una chamarra y salí de la casa. Ella me esperaba afuera. Me dijo que no llevaba dinero, que sólo daríamos una vuelta y nos fumaríamos un cigarro. Iba tensa. Se estresa con facilidad. Sus ojos orgullosos no querían mirarme. Hacía casi un mes que no me buscaba. Compramos cervezas y nos fuimos por ahí. Al poco rato se nos soltó la lengua. Nos estacionamos no sé dónde. Comenzó a hablar con esa voz de dolor que ya conozco. No decía nada concreto. Así sucede cuando queremos sacar algo, contarlo, pero no totalmente. Tenemos que suponer, acaso, adivinar. Volteó hacia mí de repente, y me pidió que la abrazara. Fue un “cógeme” sin palabras. Lo supuse. “Quítame está soledad que traigo encima, esta tristeza”. Quitar soledades, como aquella vez que me quitó la mía y no volvimos a decir nada. La abr...
Comentarios
besos
escribe pronto... sabes dónde hallarme, chica pesimista
En cuanto a las certezas, todo mundo las necesita, tal vez no son aprensibles pero si FACTIBLES de ser buscadas, se necesitan PARA VIVIR.