Eran las 9:30. Sonó el teléfono. María. Vendría por mí. Necesitaba hablar. No sé exactamente si conmigo. Llegó quince minutos después. Tocó el claxon, tomé una chamarra y salí de la casa. Ella me esperaba afuera. Me dijo que no llevaba dinero, que sólo daríamos una vuelta y nos fumaríamos un cigarro. Iba tensa. Se estresa con facilidad. Sus ojos orgullosos no querían mirarme. Hacía casi un mes que no me buscaba. Compramos cervezas y nos fuimos por ahí. Al poco rato se nos soltó la lengua. Nos estacionamos no sé dónde. Comenzó a hablar con esa voz de dolor que ya conozco. No decía nada concreto. Así sucede cuando queremos sacar algo, contarlo, pero no totalmente. Tenemos que suponer, acaso, adivinar. Volteó hacia mí de repente, y me pidió que la abrazara. Fue un “cógeme” sin palabras. Lo supuse. “Quítame está soledad que traigo encima, esta tristeza”. Quitar soledades, como aquella vez que me quitó la mía y no volvimos a decir nada. La abr...
Llegué a menospreciar la expresión. Incluso pensé que era demasiado cursi. Hoy sé, sin orgullo y sin gloria, lo que es andar por el mundo con el corazón roto. He de admitir que quise repararlo al menos un par de veces: utilicé pegamento de contacto, después, masking . La primera vez obtuve un corazón reluciente, casi. Las fisuras no eran muy perceptibles. Confiada, tratando de ocultar lo que había pasado, quise llevar el corazón a su sitio pero en el camino, el corazón cayó de mi mano. Lo levanté avergonzada y ya sin tanto esmero otra vez me puse a arreglarlo. Pegué masking aquí y allá y el corazón quedó hecho un rústico envoltorio. Ya no lucía en su antiguo anaquel y mejor lo metí en mi bolsa. Despistada caminé por la calle y sin más, alguien a quien no había visto en mucho tiempo, al pasar con poco tiento junto a mí, lo aplastó. Sé que llegué a menospreciar la frase y a creerla demasiado cursi, pero hoy entiendo bien de qué se trata andar por el mundo con lágrimas atoradas, olvidar l...
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